cap?tulo 2

– Ha sabido todo el tiempo que no era una stripper, ?verdad?

Bobby Tom cerr? la puerta del estudio tras ellos.

– No con seguridad.

Gracie Snow no ten?a un pelo de tonta.

– Creo que lo sab?a -dijo ella firmemente.

?l se?al? su blusa, y otra vez, ella vio arruguitas de risa en las esquinas de sus ojos de donju?n.

– Te has abrochado mal los botones de arriba. ?Quieres que te ayude…? No, supongo que no.

Nada hab?a salido como ella quer?a. ?Qu? hab?a querido decir el amigo de Bobby Tom cu?ndo hab?a dicho que esperaba que no estuviese embarazada tambi?n? Ella record? un comentario que hab?a o?do sin intenci?n a Willow sobre uno de sus actores que hab?a estado involucrado en varios casos de paternidad hac?a unos a?os. Deb?a referirse a Bobby Tom. Aparentemente era uno de esos hombres odiosos que se aprovechaban de las mujeres y luego las abandonaban. La molest? admitir que alguien tan inmoral la hubiera fascinado incluso moment?neamente.

Se gir? para abrochar bien los botones y retomar su compostura. Mientras se recompon?a, mir? a su alrededor y se encontr? frente al despliegue m?s colosal de ego que hab?a presenciado nunca.

El estudio de Bobby Tom Denton era un santuario a la carrera futbol?stica de Bobby Tom Denton. Fotos mostr?ndolo en acci?n cubr?an toda la superficie de las paredes de m?rmol gris. En algunas llevaba el uniforme de la Universidad de Texas, pero en la mayor parte de ellas llevaba el uniforme azul y dorado de los Chicago Stars. En varias de las fotos, estaba saltando, con los pies estirados y su delgado cuerpo curvado con gracia mientras arrancaba una pelota del aire. Hab?a fotos en las que llevaba un casco azul adornado con tres estrellas doradas, ca?do bajo la l?nea de gol o en los entrenamientos, con un pie delante del otro tan graciosamente como un bailar?n de ballet. Tambi?n hab?a una estanter?a donde se exhib?an trofeos, elogios y t?tulos enmarcados.

Lo observ? acomodarse con gracia perezosa en una silla ergon?mica de cuero situada tras un escritorio de granito que parec?a una caricatura de “los picapiedras”. Hab?a un port?til gris y liso sobre la mesa junto a un tel?fono de alta tecnolog?a. Cogi? una silla, fij?ndose en un grupo de fotograf?as de revistas enmarcadas, algunas eran del inicio de los partidos, bes?ndose con una preciosa rubia. Gracie la reconoci? por un art?culo que hab?a visto en People. Era Phoebe Somerville Calebow, la bella due?a de los Chicago Stars.

Sus ojos la recorrieron y arque? una de las comisuras de su boca.

– No quiero herir tus sentimientos, cari?o, pero soy un experto, as? que no te lo tomes a mal, pero si lo que quieres es trabajar de noche, ser?a mejor que pensaras en buscar algo en un 7eleven que en ser stripper profesional.

Ella nunca hab?a sido demasiado buena en miradas heladas, pero lo hizo lo mejor que pudo.

– Deliberadamente quiere avergonzarme.

?l se esmer? de la misma manera en parecer contrito.

– No le har?a eso a una dama.

– Sr. Denton, como sospecho que sabe muy bien, estoy aqu? en nombre de Windmill Studios. Willow Craig, la productora, me envi? para…

– Aj?. ?Quieres un vaso de champ?n o una Coca-Cola o algo por el estilo? -El tel?fono comenz? a sonar, pero ?l lo ignor?.

– No, gracias. Se supon?a que estar?a en Texas hace cuatro d?as para empezar el rodaje de Luna sangrienta, y…

– ?Y qu? tal una cerveza? Ya he advertido que las mujeres beben bastante m?s cerveza de lo que pensamos.

– No bebo.

– ?De verdad?

Estaba sonando pedante y seria, quiz? no era la mejor manera de tratar con un hombre salvaje, e intent? otra t?ctica.

– No bebo, Sr. Denton, pero no tengo nada contra la gente que bebe alcohol.

– Soy Bobby Tom, querida. No respondo a ning?n otro nombre.

Sonaba como un simple vaquero reci?n llegado, pero despu?s de observarle someter a Julie al examen de f?tbol, sospech? que era m?s listo de lo que fing?a ser.

– Muy bien. Bobby Tom, entonces. El contrato que firmaste con Windmill Studios…

– No pareces el tipo de persona de Hollywood, se?orita Show. ?Cu?nto llevas trabajando en Windmill?

Ella hizo tiempo jugueteando con sus perlas. Otra vez el tel?fono comenz? a sonar y otra vez ?l lo ignor?.

– Soy asistente de producci?n desde hace un tiempo.

– ?Exactamente cu?nto tiempo?

Ella se rindi? a lo inevitable, pero lo hizo con dignidad. Levantando visiblemente la barbilla, dijo-: M?s o menos un mes.

– Ya veo -?l estaba claramente divertido.

– Soy muy competente. Estuve anteriormente en un trabajo similar, as? que tengo vasta experiencia en temas de gesti?n y tambi?n en relaciones interpersonales. -Y tambi?n en hacer figuras de barro, pintar cerdos cer?micos y tocar las “chicas de oro” al piano.

?l silb?.

– Me dejas impresionado. ?D?nde trabajabas?

– Yo… eh… en la Residencia de Ancianos Shady Acres.

– ?Un asilo? No es as?. ?Trabajaste all? mucho tiempo?

– Crec? en Shady Acres.

– ?Creciste en un asilo? Que interesante. Hab?a o?do casos de gente que se cri? en una penitenciar?a, porque su padre era guardia all?, pero no hab?a conocido a nadie que creciera en un asilo. ?Trabajaban all? tus padres?

– Era de mis padres. Mi padre muri? hace diez a?os y he ayudado a mi madre a dirigirlo desde entonces. Lo vendi? recientemente y se mud? a Florida.

– ?D?nde est? ese asilo?

– En Ohio.

– ?Cleveland? ?Columbus?

– New Grundy.

?l sonri?.

– Creo que nunca he o?do hablar de New Grundy. ?C?mo acabaste en Hollywood?

A Grace le result? dif?cil concentrarse en la cara que mostraba aquella sonrisa matadora, pero sigui? adelante con resoluci?n.

– Willow Craig me ofreci? el trabajo porque necesitaba a alguien de confianza y se hab?a quedado muy impresionada con el trabajo que realizaba en Shady Acres. Su padre estuvo ingresado all? hasta que muri? el mes pasado.

Cuando Willow, que dirig?a Windmill Studios, le hab?a ofrecido un trabajo como asistente de producci?n, Gracie apenas hab?a podido creer su buena suerte. Aunque era un empleo de bajo nivel y el sueldo era escaso, Gracie ten?a intenci?n de probar que pod?a ascender r?pidamente en su nueva ocupaci?n.

– ?Hay alguna raz?n, Sr. Den…, esto, Bobby Tom, para que no te hayas presentado?

– Oh, hay una buena raz?n. ?Quieres Jelly Bellys [4]? Creo que tengo un paquete en alg?n sitio del escritorio. -?l empez? a tocar a tientas las ?speras esquinas de granito-. Pero es dif?cil abrir estos cajones. Creo que necesitar? un cincel para abrirlos.

Ella sonri?. Se dio cuenta de que otra vez ?l hab?a evitado contestar a su pregunta. Como estaba acostumbrada a comunicarse con personas cuyas mentes vagaban, lo intent? de otra manera.

– La casa es bastante rara. ?Vives aqu? desde hace mucho tiempo?

– Un par de a?os. No me gusta demasiado, pero la arquitecto est? realmente orgullosa. Lo define como un tipo de Edad de Piedra urbana con influencia japonesa y tahitiana. Yo lo defino simplemente como feo. Aunque lo cierto es que a los de las revistas les suele gustar; la han fotografiado un mont?n de veces. -Abandon? la b?squeda de los Jerry Bells. Pos? la mano sobre el port?til-. Algunas veces al llegar a casa me encuentro la calavera de una vaca al lado de la ba?era o una canoa en la sala de estar, ese tipo de cosas extra?as que aparecen en las casas de las revistas aunque la gente normal nunca las tendr?a en sus casas.

– Debe ser dif?cil vivir en una casa que no te gusta.

– Tengo otras, as? que no me importa demasiado.

Ella se sorprendi?. A la mayor?a de la gente que ella conoc?a les llevaba toda una vida pagar una casa. Quiso preguntarle cuantas pose?a, pero sab?a que no era sensato distraerse con ese tema. El tel?fono comenz? a sonar otra vez, pero ?l le prest? poca atenci?n.

– ?sta es tu primera pel?cula, ?no? ?Has querido desde siempre ser actor?

?l la mir? sin comprender.

– ?Actor? Oh, si…, desde hace mucho tiempo.

– Probablemente no eres consciente de que cada d?a que te retrasas supone miles de d?lares. Windmill es un estudio peque?o e independiente, y no puede permitirse ese tipo de gasto.

– Que lo descuenten de mi sueldo.

La idea no parec?a molestarle, y ella lo mir? con atenci?n. ?l jugueteaba con el rat?n que hab?a sobre una almohadilla gris de espuma al lado del port?til. Sus dedos eran largos y huesudos y ten?a las u?as pulcramente cortadas. La mu?eca firme y desnuda sobresal?a por el pu?o de la bata.

– Como no tienes experiencia ante la c?mara, cre? que podr?as estar un poco nervioso sobre todo eso. Si te da miedo…

?l se enderez? tras el escritorio y habl?, pero con una intensidad que ella no hab?a o?do en su voz hasta ese momento.

– Bobby Tom Denton no tiene miedo de nada, cari?o. Recu?rdalo.

– Todo el mundo tiene miedo a algo.

– No yo. Cuando te has pasado la mayor parte de tu vida frente a once hombres decididos firmemente a sacarte las tripas por la nariz, cosas como rodar pel?culas no te impresionan demasiado.

– Ya veo. Bueno, ahora no eres futbolista.

– Oh, siempre ser? futbolista, de una manera u otra. -Por un momento crey? detectar desolaci?n en sus ojos, casi rayando la desesperaci?n. Pero ?l hab?a hablado tan seguro que pens? que lo hab?a imaginado. Rode? el escritorio hacia ella.

– Ser? mejor que llames a tu jefa y le digas que llegar? uno de estos d?as.

Bueno, finalmente la hab?a enojado, irgui?ndose sobre toda su estatura, de uno sesenta, le espet?-:

– Lo que le dir? a mi jefa es que ma?ana por la tarde, volaremos los dos a San Antonio y luego nos dirigiremos a Telarosa.

– ?Los dos?

– S?. -Sab?a que ten?a que mostrarse firme con ?l desde el principio o tomar?a ventaja sobre ella-. De otra manera, te ver?s envuelto en un proceso legal muy desagradable.

?l se frot? la barbilla entre el pulgar y el ?ndice.

– Supongo que t? ganas, cari?o ?A qu? hora es nuestro vuelo?

Ella lo mir? con suspicacia.

– A las doce cuarenta y nueve.

– Vale.

– Te recoger? a las once en punto. -Desconfiaba de su repentina capitulaci?n y son? m?s como una pregunta que como una afirmaci?n.

– Ser? m?s sencillo que nos encontremos en el aeropuerto.

– Te recoger? aqu?.

– Eres muy amable.

Acto seguido, Bobby Tom la tom? por el codo y la condujo fuera del estudio.

?l se comport? como el anfitri?n perfecto, mostr?ndole un gong de un templo del siglo diecis?is y una escultura de madera petrificada, pero en menos de noventa segundos, ella estaba sola en la acera.

Las luces resplandec?an en las ventanas y la m?sica se perd?a en el aire perfumado de la noche. Cuando lo percibi?, se entristeci?. ?sta era su primera fiesta salvaje y, a menos que se equivocara mucho, la acababan de poner de patitas en la calle.

*****

Gracie estaba de regreso en casa de Bobby Tom Denton a las ocho de la ma?ana siguiente. Antes de dejar el motel, hab?a llamado a Shady Acres para tener noticias sobre la Sra. Fenner y el Sr. Marinetti. A pesar de cuanto hab?a necesitado escapar de esa vida, a?n se preocupaba por la gente que hasta hac?a tres semanas hab?a sido como de la familia y necesitaba saber que se encontraban perfectamente. Tambi?n hab?a llamado a su madre, pero Fran Show estaba a punto de salir para su clase de aer?bic y no hab?a tenido tiempo para hablar.

Gracie aparc? el coche en la calle, oculto de la casa por unos arbustos pero con una buena vista del camino de acceso. La repentina amabilidad de Bobby Tom la noche anterior la hab?a hecho desconfiar y no le iba a dar ni la m?s m?nima oportunidad de enga?arla.

Se hab?a pasado la mayor parte de la noche alternando entre sue?os perturbadoramente er?ticos y desvelos nerviosos. Esa ma?ana mientras se daba una ducha, se hab?a echado a s? misma una severa reprimenda. No serv?a de nada decirse que Bobby Tom no era el hombre m?s apuesto, sexy y excitante que hab?a visto en su vida, porque lo era. Eso hac?a todav?a m?s importante que recordara que esos ojos azules, ese encanto perezoso y esa implacable afabilidad era una peligrosa combinaci?n que ocultaba un ego monstruoso y una mente aguda. Ten?a que andar con mucho tiento.

Sus pensamientos se interrumpieron al ver un rojo y antiguo Thunderbird descapotable saliendo por el camino de acceso. Habiendo anticipado exactamente ese tipo de traici?n, encendi? el motor, apret? el acelerador, y adelant? su coche para cerrar la salida. Despu?s apag? el motor y cogiendo el bolso, sali?.

Las llaves de contacto tintineaban en el bolsillo de su ?ltimo atentado a la moda: un vestido color mostaza con una amplia cintura con el que hab?a esperado parecer eficaz y profesional pero que s?lo la hac?a parecer mayor y desali?ada. Los tacones de las botas vaqueras de Bobby Tom resonaron sobre el asfalto cuando se acerc? a ella, cojeando por el camino. Nerviosamente, ella estudi? su ropa. La camisa de seda, con palmeras p?rpuras, estaba metida dentro de unos vaqueros perfectamente descoloridos e impecablemente deshilachados que moldeaban sus caderas estrechas y sus piernas esbeltas de corredor de una manera que hizo imposible que apartara los ojos de unas partes que era mejor que no mirara.

Se prepar? a recibirlo mientras ?l echaba para atr?s su stetson gris perla.

– Buenas, se?orita Gracie.

– Buenos d?as -dijo ella en?rgicamente-. No esperaba verte tan pronto despu?s de la juerga de anoche. -Pasaron varios segundos mientras la contemplaba. Aunque sus ojos estaban medio cerrados, detect? una intensidad bajo esa indolencia que la hizo mostrarse cautelosa.

– Se supon?a que vendr?as a las once -dijo ?l.

– S?, llego temprano.

– Ya veo, agradecer?a mucho que sacaras tu coche de la salida del camino de acceso. -Su voz era arrastrada y lenta y se contradec?a con la d?bil tensi?n de las comisuras de sus labios.

– Lo siento, pero no puedo. Estoy aqu? para escoltarte a Telarosa.

– No es mi intenci?n ser maleducado, cari?o, pero lo cierto es que no necesito guardaespaldas.

– No soy guardaespaldas. Soy tu escolta.

– Seas lo que seas, me gustar?a que movieras el coche.

– Lo entiendo, pero si no te tengo en Telarosa el lunes por la ma?ana, tengo la certeza de que me despedir?n, as? que tengo que mantenerme firme en mi postura.

?l apoy? una mano sobre la cadera.

– Comprendo tu punto de vista, as? que te dar? mil d?lares si coges ese coche y te vas. -Gracie clav? los ojos en ?l-. Que sean mil quinientos por las molestias.

Ella siempre hab?a pensado que la gente asum?a, simplemente mir?ndola, que era una persona honorable y la idea que de que ?l pudiera creer que ella era capaz de aceptar un soborno la ofendi? mucho m?s que ser confundida con una stripper.

– No acepto ning?n tipo de soborno -dijo ella lentamente.

?l solt? un largo suspiro de pesar.

– Pues es realmente una l?stima porque, cojas mi dinero o no, me temo que no voy a estar en ese avi?n contigo esta tarde.

– ?Quieres decir que vas a cancelar tu contrato?

– No. Simplemente, estoy diciendo que ir? a Telarosa por mis medios.

Ella no se lo crey?.

– Firmaste ese contrato libremente. No s?lo tienes obligaci?n legal de cumplirlo a rajatabla, sino que adem?s tienes obligaci?n moral.

– Se?orita Gracie, est?s sonando como una maestra de catequesis.

Cerr? los ojos.

?l solt? una carcajada y neg? con la cabeza.

– Es cierto. La guardaespaldas de Bobby Tom Denton es una jodida maestra de catequesis.

– Te he dicho que no soy tu guardaespaldas. Soy simplemente tu escolta.

– Pues mucho me temo que entonces vas a tener que buscar otra persona a la que escoltar, porque yo he decidido conducir hasta Telarosa y tengo claro que una se?oritinga como t? no ir?a a gusto en un T-Bird con un conductor como yo. -?l se dirigi? hacia el coche de alquiler y se apoy? en la ventanilla del copiloto mirando dentro para buscar las llaves-. Me averg?enza decirte que no tengo la mejor reputaci?n cuando se trata de mujeres, se?orita Gracie.

Ella corri? tras ?l, haciendo un enorme esfuerzo para no clavar los ojos en esos vaqueros ce?idos y descoloridos que marcaban su trasero cuando ?l se inclin? hacia delante.

– No tienes tiempo de ir en coche hasta Telarosa. Willow nos espera all? por la tarde.

?l se enderez? y sonri?.

– Pues aseg?rate de darle mis m?s afectuosos saludos cuando la veas. Y ahora, ?mueves el coche?

– Ten por seguro que no.

?l inclin? la cabeza, la mene? con pesar, y luego, con un r?pido movimiento cogi? la correa del bolso de Gracie y la desliz? fuera de su brazo.

– ?No tienes derecho a hacer eso, devu?lvemelo! -Ella se abalanz? sobre ?l para recuperarlo.

– Ser? muy feliz de hacerlo. Tan pronto encuentre las llaves de tu coche. -?l sonri? agradablemente mientras alejaba el bolso de su alcance y lo registraba r?pidamente.

Ella ciertamente no iba a ponerse a pelear con ?l, as? que us? su voz m?s severa.

– Sr. Denton, devu?lveme mi bolso inmediatamente. Y por supuesto que estar?s en Telarosa el lunes. Firmaste un contrato en el que…

– Perdona que te interrumpa, se?orita Gracie, s? est?s haciendo tu trabajo, pero ando muy escaso de tiempo. -Le devolvi? el bolso sin haber encontrado lo que buscaba y se volvi? para regresar hacia la casa.

Otra vez, Gracie sali? corriendo tras ?l.

– Sr. Denton. Bobby Tom…

– ?Bruno, puedes venir un momento?

Bruno sali? del garaje, con un harapo mugriento en la mano.

– ?Necesitas algo, B.T.?

– Si. -Se volvi? hacia Gracie-. Perdona, se?orita Snow.

Sin m?s advertencia que esa, puso las manos bajo sus brazos y comenz? a registrarla de arriba abajo.

– ?No me toques! -Ella se retorci? intentando escaparse, pero Bobby Tom Denton no se hab?a convertido en el mejor receptor de la NFL sin saber mantener los objetos inm?viles y no se pudo mover cuando ?l comenz? a palmear sus costados.

– Podemos hacerlo f?cil o dif?cil. -Las palmas de sus manos se pasearon sobre sus pechos.

Ella contuvo la respiraci?n, demasiado estupefacta para moverse.

– ?Sr. Denton!

Las comisuras de sus ojos se arrugaron.

– A prop?sito, tienes muy buen gusto en ropa interior. No te lo dije ayer de noche. -Sigui? hacia su cintura.

Las mejillas le ardieron de verg?enza.

– ?Detente ahora mismo!

Sus manos se detuvieron al tocar el bulto del bolsillo. Con una amplia sonrisa, cogi? las llaves del coche.

– ?Devu?lveme eso!

– ?Puedes apartar ese coche, Bruno? -Le tir? las llaves y luego lade? el sombrero saludando a Gracie-. Me alegro de haberte conocido, se?orita Snow.

Perpleja, lo observ? caminar a grandes pasos hacia el Thunderbird y subirse en ?l. Ella comenz? a correr hacia ?l s?lo para darse cuenta de que Bruno se met?a en su propio coche.

– ?No toques ese coche! -exclam?, cambiando inmediatamente de direcci?n.

Los motores del Thunderbird y de su coche volvieron a la vida a la vez. Mientras miraba impotentemente de un coche a otro -uno sobre el camino y otro bloqueando el camino- supo con una inquebrantable convicci?n de que si dejaba escapar a Bobby Tom, nunca lo alcanzar?a otra vez. Ten?a casas por todas partes y un ej?rcito de lacayos para mantener alejada a la gente que no quer?a ver. Ten?a que detenerle ahora o habr?a perdido su oportunidad para siempre.

Su coche de alquiler, con Bruno en el asiento del conductor, se desplaz? hacia delante y dej? libre la salida del camino.

Ella corri? r?pidamente hacia el Thunderbird.

– ?No te vayas! ?Tenemos que ir al aeropuerto!

– Que te vaya bien, coraz?n. -Con un gesto desenvuelto de su mano, Bobby Tom comenz? a mover su coche.

Por un instante se vio de regreso a Shady Acres aceptando el trabajo que los nuevos propietarios le hab?an ofrecido. Oli? Ben Gay [5] y Lysol [6]; sabore? guisantes verdes y pur? de patata recocidos cubiertos con una salsa amarilla gelatinosa. Vio pasar los a?os sin que nadie la advirtiera, con medias el?sticas y pesadas chaquetas de punto mientras sus dedos artr?ticos tocaban Harvest Moon en el piano sin poder mantener el ritmo. Antes siquiera de poder disfrutar de su juventud, ser?a vieja.

– ?No! -El grito vino de lo m?s profundo de su ser, del lugar donde sus sue?os viv?an, todos esos gloriosos sue?os que desaparecer?an para siempre.

Corri? hacia el Thunderbird, tanto como pod?a, con el bolso golpeando torpemente contra su costado. Bobby Tom hab?a girado la cabeza para mirar el tr?fico de la calle y no la vio llegar. Su coraz?n lat?a a toda velocidad. En un segundo se ir?a, sentenci?ndola a una vida de l?gubre monoton?a. La desesperaci?n le dio alas y corri? m?s r?pido.

?l arranc? y acto seguido cambi? de marcha. Ella aument? la velocidad. El aire entraba r?pidamente en sus pulmones, con boqueadas dolorosas. El Thunderbird comenz? a avanzar con ella a su lado. Con un sollozo, ella se lanz? de cabeza sobre la puerta del copiloto del descapotable.

– Ayyyyy, demonios.

El frenazo envi? la parte superior de su cuerpo fuera del asiento. Sus manos y brazos golpearon contra la alfombrilla del suelo con sus pies todav?a colgando sobre la puerta. Hizo una mueca de dolor mientras intentaba incorporarse. Sinti? el aire fr?o contra la parte posterior de sus piernas y se percat? de que su falda hab?a bajado hacia su espalda. Mortificada, la busc? a tientas, al tiempo que segu?a tratando de posicionarse en el coche.

Oy? una obscenidad particularmente ofensiva que era indudablemente com?n entre los futbolistas, pero que rara vez se o?a en Shany Acres. Normalmente, era pronunciada en dos s?labas, pero el arrastrado acento texano de Bobby Tom la alarg? a tres. Finalmente control? su falda y cay? jadeante sobre el asiento.

Pasaron varios segundos antes de que reuniera el suficiente coraje para mirarlo.

?l la contemplaba atentamente, con un codo apoyado en el volante.

– S?lo por curiosidad, cari?o; ?Has ido alguna vez al m?dico para que te d? unos tranquilizantes?

Ella gir? la cabeza y lo mir? directamente.

– Mira, esto es lo que hay, se?orita Gracie, voy cuando quiero a Telarosa y de la manera que quiero.

Sus ojos le devolvieron la mirada.

– ?Te marchas ahora?

– Tengo la maleta en el maletero.

– No te creo.

– Es la verdad. Ahora, ?quieres abrir la puerta y salir?

Ella neg? tercamente con la cabeza, esperando que ?l no se diera cuenta de lo cerca que estaba de rendirse.

– Tengo que ir contigo. Mi responsabilidad es llegar contigo a Telarosa. Es mi trabajo.

Un m?sculo palpit? en su mand?bula, y con nerviosismo, ella se dio cuenta de que finalmente hab?a logrado quebrar su falsa amabilidad provinciana.

– No me hagas echarte afuera -dijo ?l con determinaci?n.

Ella ignor? el escalofr?o que subi? por su columna.

– Siempre he pensado que es mejor solucionar los problemas con palabras en vez de por la fuerza.

– He jugado en la NFL, querida. La sangre es lo ?nico que entiendo.

Con esas ominosas palabras, ?l se gir? hacia su puerta, y ella supo que en pocos segundos, ?l llegar?a a su lado, la coger?a, y la echar?a a la calle. R?pidamente, antes de que ?l pudiera bajar la manilla, ella agarr? su brazo.

– No me eches, Bobby Tom. S? que te irrito, pero te prometo que ser? todav?a peor si no dejas que vaya contigo.

?l se volvi? lentamente hacia ella.

– ?Y exactamente c?mo va a ser eso?

Ella no sab?a lo que hab?a querido decir. Hab?a hablado impulsivamente porque no se pod?a enfrentar a la idea de llamar a Willow Craig para decirle que Bobby Tom ir?a por sus medios a Telarosa. Sab?a demasiado bien cual ser?a la respuesta de Willow.

– Lo dicho, dicho est? -contest? ella, esperando hacerle creer que ten?a algo entre manos pero sin especificar qu?.

– Generalmente cuando la gente dice que ser? todav?a peor si alguien no hace algo, ofrecen dinero. ?Es lo que me est?s diciendo?

– ?Claro que no! No creo en el soborno. Adem?s, parece que t? tienes tanto dinero que no sabes que hacer con ?l.

– Si eso es cierto, ?qu? es lo que piensas hacer?

– Yo…, bueno… -Fren?ticamente intent? buscar un soplo de inspiraci?n-. ?Conducir! ?Eso es! As? podr?s relajarte mientras conduzco. Soy muy buena conductora. Tengo el carnet desde los diecis?is a?os y nunca me han puesto una multa.

– ?Y realmente est?s orgullosa de eso? -?l neg? con la cabeza con asombro-. Desafortunadamente, cari?o, nadie salvo yo conduce mis coches. No, me temo que voy a echarte despu?s de todo.

Otra vez, ?l fue a coger la manilla de la puerta, y otra vez, ella agarr? su brazo.

– Ser? tu copiloto.

?l pareci? molesto.

– ?Y para qu? necesito un copiloto? He hecho el camino tantas veces que podr?a hacerlo con los ojos vendados. No, cari?o, tendr? que ocurr?rsete algo mejor que eso.

En ese momento, ella oy? un peculiar zumbido. Le llev? un momento darse cuenta que el Thunderbird ten?a tel?fono m?vil.

– Pareces tener muchas llamadas. Las podr?a contestar por ti.

– Lo ?ltimo que quiero es a alguien contestando mi tel?fono.

Su mente busc? y rebusc?.

– Podr?a masajearte los hombros mientras conduces, para que no tengas contracturas. Soy muy buena masajista.

– Es una buena oferta, pero tienes que admitir que no compensa llevar un pasajero inoportuno hasta Texas. Hasta Peor?a, puede ser, si haces un buen trabajo, pero no m?s all?. Lo siento, se?orita Gracie, pero no me has ofrecido nada que haya captado mi inter?s.

Ella trat? de pensar. ?Qu? ten?a ella que un hombre mundano como Bobby Tom Denton pudiera encontrar interesante? Sab?a organizar juegos, entend?a de regimenes, sabia administrar medicinas y hab?a escuchado suficientes batallitas de los residentes como para tener unos conocimientos medianamente buenos sobre la segunda Guerra Mundial, pero no cre?a que ninguna de esas cosas pudiera persuadir a Bobby Tom de cambiar de idea.

– Tengo una vista excelente. Puedo leer las se?ales de tr?fico a distancias incre?bles.

– Me estremeces, querida.

Ella sonri? con entusiasmo.

– ?Eres consciente de lo fascinante que es la historia del S?ptimo de Caballer?a?

?l le dirigi? una mirada d?bilmente compasiva.

?C?mo pod?a hacerle cambiar de idea? Por lo visto la noche anterior, ?l estaba interesado s?lo en dos cosas, f?tbol y sexo. Su conocimiento de deportes era m?nimo, y en lo que respecta al sexo…

Sinti? un nudo en la garganta cuando una idea peligrosa e inmoral se abri? paso en su cerebro. ?Qu? pasar?a si ofrec?a su cuerpo como trueque? Inmediatamente se horroriz?. ?C?mo pod?a haber pensado tal cosa? Ninguna mujer inteligente, moderna y feminista considerar?a… vamos, faltar?a m?s… Para nada… Esa era definitivamente la consecuencia de tener demasiadas fantas?as sexuales.

– ?Por qu? no? -Susurraba un diablillo en su o?do-. ?Para qui?n te reservas?

– ?Es un libertino! -Record? la lujuriosa parte de su naturaleza que se empe?aba en reprimir-. De todas maneras, no estar?a interesado en m?.

– ?C?mo lo sabr?s si no lo intentas? -Replic? el diablillo-. Has so?ado con algo as? durante a?os. ?No te prometiste que tener experiencia sexual ser?a una de las prioridades de tu nueva vida?

Una imagen pas? como un rel?mpago por su mente; Bobby Tom Denton descansando su cuerpo desnudo sobre el de ella. La sangre corri? a toda velocidad por sus venas y eriz? su piel. Pod?a sentir sus manos firmes en los muslos, abri?ndolos, bajo su toque…

– ?Pasa algo, se?orita Gracie? Te has puesto colorada. Como si alguien te hubiera contado un chiste verde.

– ?S?lo piensas en el sexo! -gimi? ella.

– ?Qu??

– ?Pues me niego a acostarme contigo s?lo para que me dejes acompa?arte! -Consternada, cerr? la boca de golpe. ?Qu? hab?a dicho?

Sus ojos brillaron.

– ?Caramba!

Ella se quiso morir. ?C?mo pod?a avergonzarse de esa manera? Trag? saliva.

– Perdona si he llegado a la conclusi?n incorrecta. S? que soy fea y que no puedes estar interesado sexualmente en m?. -Se le puso la cara todav?a m?s roja al darse cuenta de que estaba empeorando las cosas-. De todas maneras no estar?a interesada… -agreg? precipitadamente.

– Ay, Gracie, yo no veo a nadie feo.

– Est?s siendo amable y lo agradezco, pero eso no cambia los hechos.

– Oye, ahora has avivado mi curiosidad. Puede que tengas raz?n sobre eso de ser fea, pero es dif?cil de asegurar dada la manera en que te cubres. Que yo sepa, puedes tener el cuerpo de una diosa escondido bajo ese vestido.

– Oh, no -dijo ella con brutal honradez-. Te puedo asegurar que mi cuerpo es muy ordinario.

Otra vez curv? la comisura de su boca.

– No me malinterpretes, pero conf?o en mi juicio un poco m?s que en el tuyo. Soy un experto.

– Ya lo he notado.

– Creo que ya te coment? anoche lo que me parec?an tus piernas. -Ella se sonroj? y busc? una respuesta apropiada, pero ten?a tan poca experiencia en hablar sobre si misma con un hombre que no supo que decir.

– T? tambi?n tienes unas piernas muy bonitas.

– Vaya, gracias.

– Y tambi?n el pecho.

?l rompi? en carcajadas.

– Joder, se?orita Gracie, voy a llevarte un rato s?lo por lo entretenida que eres.

– ?Lo har?s?

?l se encogi? de hombros.

– ?Por qu? no? Me he aburrido mucho desde que me retir?.

Ella apenas podr?a creer que hubiera cambiado de idea. Lo oy? re?rse entre dientes mientras recuperaba su maleta y le ped?a a Bruno que devolviera el coche de alquiler. Sin embargo, su diversi?n se hab?a desvanecido cuando se volvi? a sentar detr?s del volante y le dirigi? una severa mirada.

– Pero no te llevo hasta Texas, as? que qu?tate la idea de la cabeza. Me gusta viajar solo.

– Entiendo.

– S?lo un par de horas. Hasta la frontera. En cuanto me empieces a irritar, te dejo en el aeropuerto m?s cercano.

– Estoy segura que no ser? necesario.

– No apuestes por eso.

 

[[4] Caramelos. (N de T)]

[[5] Pomada que se usa entre otras cosas para aliviar dolores musculares. (N de T)]

[[6] Desinfectante. (N de T)]

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